Mensajero del Náströnd. Capítulo II

Versión en inglés aquí.

Capítulo I aquí.

Sandra empujó a aquel hombre hacia el interior de la habitación con una mano, mientras cerraba la puerta con la otra. Luego lo elevó con la misma mano agarrándolo de las solapas, sin que pudiera tocar el suelo. Extrajo a su vez el dron del brazo derecho, el cual le apuntó con el láser. Finalmente, ordenó:

—Muy bien, se me ha acabado la paciencia. Vas a hablar. Y vas a hacerlo ahora.

—¡Por supuesto! —Gimió aquel hombre indefenso. Ella añadió:

—La última vez que estuve en este satélite la vida se me complicó mucho. Demasiado. Se me trató como a una estúpida llena de sueños y fantasías de un mundo mejor, y eso es lo que yo era ciertamente. Pero todo eso fue antes, hace tres años. Ahora no estoy para bromas, ni para juegos, ni para adivinanzas, ni mucho menos para sorpresas. No voy a volver a caer en ese error. Así que lo diré muy claro: dime quién eres, de qué va esto, y de qué vas tú, o te vuelo la cabeza en un femtosegundo. Y tranquilo, mis armas no pueden ser detectadas por los sistemas de defensa del hotel. —El hombre gimió de nuevo cuando una sonda del grosor de un cabello se introdujo a través de la nariz desde Sandra y hasta la corteza cerebral, causándole espasmos y mareos, además de visión borrosa y alucinaciones.

—Yo… era… un cebo…

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—¿Un cebo? ¡Continúa! Si ahora piensas que estás sufriendo, te puedo enseñar lo que significa estar realmente mal. Puedo manipular tu cerebro a escala molecular hasta que estalles de dolor. Sigue hablando.

—Sí, yo era… un cebo… Los narcos sabían que trabajas para la agencia de Jan de vez en cuando. Me descubrieron. Iban a matarme, pero decidieron que, si me retenían, Jan podría sentirse tentado a contar contigo, ya que conoces el terreno. Ellos saben quién eres. Y saben de tus capacidades especiales como androide.  —Sandra dejó al hombre en el suelo, mientras este respiraba pesadamente.  Añadió:

— “El mito de Sandra está vivo” dicen.

—Qué cosa más ridícula. Así que te retuvieron para que yo viniese. Tú eras el cebo, y yo el pez en el anzuelo. ¿Es eso? ¿Así de sencillo?

—Eso es.

—Perfecto. Me ha encantado tu historia. Ahora cuéntame la verdad. —El dron se colocó al lado de aquel hombre. Una luz suave verde del láser apuntaba exactamente a su corazón.

—Es la verdad. Al parecer tienen a gente infiltrada en la agencia de Jan. Pero no les interesa él, ni la agencia. Al menos de momento. Te quieren a ti.

—¿Cómo te llamas? Tu nombre real. Y no intentes mentirme.

—Martin. Martin Bosco. Número de ciudadano Alfa 2 Charlie Eco tres cinco seis Foxtrot cuatro dos seis uno Sierra Tango. —Sandra buscó la información del registro de aquel hombre. Parecía encajar correctamente con su descripción y su ADN mitocondrial. Continuó:

—¿Y por qué no te han matado una vez estoy aquí? Esa gente nunca deja testigos ni cebos vivos, una vez han cumplido su misión.

—Lo sé. Me han dejado vivo para que me mates tú. —Sandra enarcó las cejas.

—¿Yo? ¿Por qué?

—Porque dejarme vivo es altamente sospechoso. Ellos saben que tu razonamiento es precisamente matar al testigo o al cebo en un caso así, una vez ha cumplido su función. Sabes que una organización criminal profesional no cometería un error tan básico. Así, el hecho de que yo siga vivo significa, con seguridad, que yo trabajo para ellos. Esa lógica conlleva que esto pueda ser una trampa dentro de la trampa. Ellos saben que vas a llegar a esa conclusión. Y que eso te va a enfrentar a un dilema.

—Entiendo. La primera trampa era traerme. La segunda, probar si soy capaz de matarte al sospechar que puedas trabajar para ellos, o bien dejarte vivo, demostrando una duda razonable en mi comportamiento. No actuar matándote me muestra como un ser débil, y ellos tomarán nota de eso. Si dudo, es que sigo siendo la estúpida de hace tres años. En cambio, si te mato ahora, entonces sabrán que estoy jugando a otro juego. Luego te matan igualmente si yo no lo hago. Es decir, además de la trampa, esto es una prueba de carácter. Fin de la historia.

—Y de mi vida. Tu análisis es correcto. En cualquier caso, estoy muerto.

—No, no estás muerto —negó Sandra—. Mi misión era localizarte. Y tu trabajo aquí ha terminado, eres un blanco perfectamente localizado. No me interesan esos narcos y sus negocios. Y sea lo que sea que quieran de mí no lo van a tener. Voy a comprar dos billetes para la siguiente nave a la Tierra. Sale una dentro de diecisiete horas. Mientras esperamos, te quedarás aquí. Tengo también que tratar con el presidente de la Titán Deep Space Company, tenemos un asuntito pendiente desde hace tres años, pero ahora y aquí es imposible acercarse a él. Así que una buena retirada estratégica será lo mejor.

—No voy a negar que me complace tu idea, Sandra. Pero ellos te han hecho venir. ¿No crees que tendrán preparado algo para obligarte a quedarte?

—Sí. Por eso debo salir de aquí cuanto antes. Y reza para que no cambie de idea. Sigues vivo porque trabajas para Jan, pero al mínimo atisbo de traición te corto en filetes. ¿Ha quedado claro?

—¿No podrías robar una lanzadera del hotel?

—¿Para ir a dónde? Además, esto está probablemente plagado de naves y cazas de la compañía. Los transpondedores de las naves civiles no se pueden desconectar sin desconectar el reactor principal. Y las lanzaderas civiles del hotel no portan armas. —En ese momento se oyó una explosión. Todo el edificio tembló.

—¿Qué diablos? —Gritó Sandra. Lanzó inmediatamente el dron por el pasillo, el cual se dirigió al foco de la detonación. Cuando llegó, el dron observó una escena dantesca: una gran cantidad de cascotes era lo que quedaba de una deflagración en el lado este del hotel. Podían verse decenas de cadáveres lanzados a la atmósfera de Titán, mientras campos de fuerza de emergencia sostenían de forma precaria la atmósfera interior. Se escuchaban gritos de terror por todas partes, y una enorme confusión.

Mientras tanto, Sandra continuaba en la habitación, intentando comprender qué sucedía. Su dron estuvo recogiendo datos y analizando la deflagración, que había sido causada sin duda por una bomba de antimateria. Un material que seguía siendo extremadamente caro para un grupo de simples narcotraficantes. Algo no encajaba.

Sandra recibió en ese momento un mensaje en el buzón de datos de la habitación del hotel. Lo leyó, y su cara lo dijo todo. Ordenó volver al dron.

—¿Malas noticias? Preguntó Martin. —Sandra no respondió. Proyectó el texto del mensaje en un holograma. Martin lo leyó. Decía:

“Bienvenida a Titán, Sandra. Esperábamos tu visita. Sabíamos que acudirías a la llamada del fiel Jan. Qué buen hombre es. Y sus hijos, preciosos, solo deseamos que nunca les pase nada malo. Ya sabemos cómo ciertos traumas infantiles duran toda la vida, angelitos. Los cuidas tan bien, la buena y dulce tía Sandra. Eres un sol.

Sabemos que el presidente de la compañía, Richard “Zeus”, se ha puesto en contacto contigo. Sabemos que tienes negocios pendientes con él. Pero nosotros tenemos nuestra propia agenda. Y esa agenda pasa por que te reúnas con nosotros. En realidad, necesitamos que trabajes para nosotros, limpiando la base de Titán, y la estación espacial donde se celebra la Math Combat Challenge, de la siempre desagradable competencia que tanto nos molesta. Con tus habilidades sabemos que podremos operar sin más interferencias.

Necesitamos acceder a las computadoras principales, y a los nombres y perfiles de todos los que operan sus negocios digamos no demasiado legales en Titán y en la estación espacial. A cambio, tendremos una alta impresión de ti y de tus habilidades, y nuestro eterno agradecimiento. Te daremos todos los datos cuando nos veamos personalmente. Ah, y un detalle: esa bomba es la primera de una serie. Las siguientes irán estallando de forma aleatoria en diferentes puntos de distintas instalaciones de Titán, especialmente en zonas con civiles, y más especialmente, donde haya acumulaciones de familias. Te hemos pasado coordenadas para la primera reunión, que se efectuará con carácter inmediato. Que tengas una feliz estancia en Titán. No dejes de disfrutar de sus maravillosas vistas. Son encantadoras para ir en familia. Hasta pronto”.

—Vaya, al parecer van a… —Martin no pudo terminar la frase. Sandra había salido a toda velocidad por la puerta, y echó a correr por un pasillo. Le había dejado una nota en su agenda interna: “tengo localizado al remitente del mensaje”. Le había dejado también un phaser de defensa propia, que enseguida se colocó en el dedo.

Por los pasillos, la gente casi no podía creer lo que veía. Una joven rubia de ojos verdes y de algo más de veinte años, pero desplazándose a una velocidad inaudita. Sin embargo, todos los registros indicaban que era un ser humano. Sandra había mejorado su camuflaje desde hacía tres años. Era casi imposible que drones y sensores comprendieran que era una máquina. Alteró la fisonomía de su rostro y el color de su cabello para que no fuese detectada como ciudadana de Nueva Zelanda. Los sistemas de registro la identificaban como una joven de Marte trabajadora de una pequeña tienda de regalos en Titán.

Bajó tres pisos a una velocidad sobrehumana, corrió por un pasillo, y abrió una puerta de una habitación del hotel de una patada. La puerta cayó, haciendo un gran estruendo. Entró. Allá, en la cama, había una pareja de recién casados, que miraron aterrados a Sandra. Ella se acercó a ambos, extrajo el dron, y analizó el ADN y los datos biométricos de la pareja. Eran ciudadanos de la Tierra, de vacaciones por el viaje de bodas, que celebraban queriendo ver el espectáculo de la Math Combat Challenge. Sandra sin embargo se acercó a ellos, y les espetó:

—¿Sois alguno de los dos el autor de una carta dirigida a mí? —Ambos temblaron, y se horrorizaron aún más. El chico mascullaba algo, y la chica rompió a llorar de puro terror. Sandra analizó sus biorritmos. No mentían. Era terror cierto, genuino. La habían engañado. Otra vez. Se acercó a la puerta, y antes de irse, les dijo:

—Pediré que os cambien de habitación y os den una suite con comida y hotel gratis durante toda vuestra estancia. Lo siento, no puedo hacer nada más por vosotros. Seguid disfrutando de vuestro amor. —Y salió caminando lentamente por el pasillo, mientras varias personas de habitaciones contiguas la miraban con gran sorpresa.

Sandra volvió, recuperó su aspecto habitual, cabello negro y ojos azules, y entró de nuevo en su habitación, mientras Martin miraba la lejana imagen de Saturno desde la ventana. Este se giró, y dijo:

—¿Qué ha pasado?

—Detecté la crono-ip del mensaje. Indicaba que se había mandado desde la Tierra. Pero detecté también una manipulación de la firma temporal en la señal de gravitones de la transmisión. Recuperada la firma, y una vez analizada, vi que la señal venía de una de las habitaciones de este mismo hotel. Ahora veo que la manipulación era en sí la trampa. Muy inteligente. Mucho. Estos narcos son sorprendentemente eficaces, y utilizan tecnologías y sistemas de ocultación extremadamente sofisticados. Definitivamente, algo no encaja en todo esto.

—¿A qué te refieres? —Sandra se volvió, y miró a Martin.

—Me refiero a que no es tan sencillo engañarme. Se supone que dispongo de conocimientos y tecnologías suficientes para cosas así. Y tuve una formación específica hace tres años. Algo así como un “curso avanzado” en computadoras cuánticas. Pero quien ha hecho esta manipulación hizo ese curso también. Y va un paso por delante de mí. ¿Narcos? Estos narcos van mucho más allá de lo que es habitual en tecnología y capacidades de ocultación de información. Aquí hay mucho más que unos narcos. Por cierto, mi análisis indica que estás hasta el cuello de TM6.

—Lo sé. Me lo metieron ellos para que me estuviese quieto. ¿Vas a ir entonces a hablar con esa gente? Huele a trampa desde cien mil kilómetros. —Sandra suspiró.

—No me queda otro remedio. De momento ellos llevan la iniciativa, y yo estoy completamente perdida y actuando como una estúpida, siguiendo el hilo que ellos mueven mientras se divierten conmigo. Iré, e intentaré averiguar de dónde han salido estos individuos. El lenguaje escrito me recuerda definitivamente a las Escuadras de Helheim.

—No me dirás que están aquí —comentó Martin con temor. Las Escuadras de Helheim eran sin duda el grupo criminal más terrorífico y organizado que se había visto nunca en la Tierra, y fuera de ella. Sus actos estaban siempre cargados de una violencia inusitada. Sandra respondió:

Es posible que estén implicados de algún modo. Esa explosión es demasiado dura incluso para unos narcos. Y el uso de antimateria está muy restringido y controlado. Tú quédate aquí. En principio eres hombre muerto, así que todo lo que hagas de más a partir de ahora considéralo un regalo de la vida.

—Eso es muy amable de tu parte, Sandra.

—Me alegro. Quédate con el phaser. Intentaré contratar a un par de drones de vigilancia, pero hay una demanda altísima, veremos si puedo hacerme con alguno. Yo me llevo el mío. Puedo necesitarlo, y vale más que tu vida.

—Por supuesto.

Sandra salió, y se dirigió a las coordenadas indicadas por aquellos extraños y sofisticados narcos. Se trataba de un antiguo almacén trescientos metros al sur del hotel. En circunstancias normales habría que alquilar un vehículo preparado para viajar por la superficie de Titán, y estaban todos ocupados. Pero Sandra simplemente abrió la doble puerta, se despresurizó, y salió al exterior de la luna de Saturno. Caminó hasta aquel viejo local abandonado que se encontraba en las coordenadas que le habían transmitido. Entró, y no vio nada. Se desplazó observando todo detenidamente, mientras trataba de encontrar señales de algún sistema de vigilancia o control.

De pronto, se abrió un portón desde el suelo. No lo había visto. Estaba perfectamente camuflado. Era evidente que la invitaban a entrar. Y era aún más evidente que podía ser otra trampa. Pero tenía que arriesgarse. Además, aquellos narcos empleaban tecnologías muy avanzadas. Debían de tener algún tipo de apoyo, y eso era también un aspecto que requería investigar. Así, bajó por las escaleras, y llegó a una habitación, de un aspecto blanco inmaculado. Se sorprendió cuando un androide avanzado de aspecto femenino la saludó sonriente.

—¡Hola, Sandra! Soy un androide de infiltración y combate modelo QCS-120, pero puedes llamarme Marion. —Sandra se acercó al androide. La examinó de cerca, y verificó que era, efectivamente, un modelo Quantum Computer System versión 120 genuina. Debía por lo tanto tener unos 30 años, no menos de veinte. Sandra iba a responderle que ella misma era un modelo QCS-60 avanzado de más de cien años y con infinitas mejoras, pero era evidente que no sería prudente.

—Encantada, Marion. Yo soy Sandra. Sandra Kimmel. ¿Dónde están los que me esperan? —Marion sonrió, y señaló la puerta con la mano derecha. Sandra se acercó, y la puerta se abrió automáticamente. Pasó, y todo era oscuridad. Sandra alzó la voz:

—¿Queréis dejar la escena melodramática para otro momento, por favor, y encender la luz de la sala? —Al cabo de unos instantes, una luz se fue haciendo lugar en la estancia. Era efectivamente una sala, bastante grande. Al fondo había una mesa de oficina. Y tras la mesa, una mujer que sonreía. Era una mujer canosa, enjuta, y con aspecto fuerte a pesar de una algo avanzada edad. La conocía bien. La mujer le señaló con el dedo la silla de delante. Sandra exclamó:

—¡Susan! ¡Susan Rosenstock!

—Así es, cariño. ¿Todo bien? Cuánto tiempo sin verte. Te echaba de menos. ¿Has tenido un viaje agradable?

—¿Qué?… ¿Qué haces aquí? ¿Nos hemos vuelto locos todos otra vez?

—Ya ves… El doctor me dijo que este clima me iría bien para mi reuma.

—¿Reuma? No me vengas con bromas ahora, Susan. ¿Estás detrás de todo esto? ¿Y Scott? ¿No estaba secuestrado? ¿Sigue secuestrado?

—No te preocupes por Scott. No tienes que preocuparte de todo eso ahora, cielo; a Scott cada día le gusta más el teatro costumbrista. Yo prefiero los melodramas. Y este que estamos viviendo es uno que, sin duda, va a pedir lo mejor de nosotros. O puede que lo peor.

—¿Teatro? ¿Melodramas? ¿Y todos esos muertos? ¿Eres tú la responsable? ¿Es Scott?

—Por supuesto que soy la responsable de esas muertes, y de la bomba.

—No… No puedo creerlo. No eres una asesina.

—Yo también he cambiado, igual que tú, Sandra. Y no, no te preocupes por las muertes. Efectivamente, no soy una asesina, salvo en casos de emergencia claro; todos esos muertos eran organismos vivos con aspecto humano controlados por nanodrones. Cuerpos cultivados en granjas y manejados por una IA insertada en nanomódulos en el cerebro. Cuerpos sin mente, gestionados por un sistema central de defensa. Parecen padres, hijos, hermanos… Familias enteras. Viven felices. Van al trabajo. Vuelven. Tienen hijos…. Todo falso. Son solo cuerpos generados en fábricas de órganos y en plantas de cultivos de humanos. Cuando mueren, la gente los añora como si hubiesen existido realmente. Pero lo importante es que han llevado a cabo su función. Como esos de la explosión en el hotel, por ejemplo. Esos cuerpos son… algo similar a lo que has visto con Deblar y sus amigos.

—Entiendo. ¿Y la pareja de enamorados? Esos dos no parecían cultivados. —Susan rió.

—Es cierto. Son dos de nuestros mejores agentes. Expertos en psicobiología y robopsicología. Pensaron que colocarse en esa situación en la que les encontraste haría la escena más melodramática. Te harían sentir culpable, y eso bajaría tus defensas. Están entrenados para despistar sensores y controles de biorritmos, y te engañaron perfectamente. Luego, cuando te fuiste, bueno, pensaron que, ya que estaban allí, por qué no aprovechar la situación y liberarse de la tensión del trabajo diaria.

—Claro —comentó Sandra con sorna—. ¿Y no podíais haberme dicho todo esto desde el principio? ¿A qué viene todo este circo? —Susan se levantó. Su rostro era netamente serio. Frío. Y sin duda parecía preocupada.

—No. No podíamos contarte nada. Teníamos que hacer que te vieran llegar, que vieran el atentado, teníamos que conseguir que pensaras que estás aquí por un tema de drogas y de ventas de armas ilegales. Que venías a rescatar a un pobre desgraciado que había sido descubierto por la amistad que te une a un hombre. Todo muy humano… Muy… terrestre.

—Así que queríais que me vieran llegar, y levantar en todo Titán una falsa idea del motivo de mi estancia aquí, que hasta yo misma debía creer.

—Exactamente —corroboró Susan.

—¿Quiénes? ¿Quiénes tenían que verme llegar, y hacerse una falsa idea de mi estancia en Titán?

—Mira, Sandra, este es un tema extremadamente delicado. Aquí hay verdaderas mafias de todo tipo. Drogas, prostitución, venta de armas, trata de blancas, robo de órganos, apuestas ilegales, sobornos, pactos entre políticos corruptos… Titán es todo eso, y mucho más. Nosotros hemos creado otra mafia. Una mafia ficticia, que compite con las demás. Tiene sus miembros, sus ventas, sus compras… Todo parece absolutamente real.

—Incluyendo los muertos. Porque supongo que no todos los que mueren son humanos cultivados.

—Por supuesto, cielo —confirmó Susan—. Incluyendo los muertos. Los reales también. En nuestro grupo, y en otros. Tiene que parecer real. Debe haber muertos reales para que el realismo sea totalmente creíble.

—Lamentable.

—Sí. Lamentable. Pero necesario. La idea fue secuestrar a ese pobre desgraciado, Martin, para que eso provocara que Jan te hiciera venir. Todo quedaba entonces muy claro: venías por un asunto de drogas, por la solicitud de un viejo conocido al que ya has ayudado antes, y te has visto envuelta en un asunto de luchas entre bandas, que está escalando en violencia. Un gran escaparate que debe ocultar una verdad muchísimo más importante.

—¿Y qué verdad es esa? —Susan tardó unos segundos en responder.

—La verdad es que un grupo disidente del Alto Consejo pretende contaminar la Tierra con información sobre la existencia de vida extraterrestre en la galaxia. Como sabrás, una norma básica del Alto Consejo es que las civilizaciones de tipo I, como la humana, no tengan contacto, ni físico ni por medio de comunicaciones, con el resto de civilizaciones. Si una civilización de tipo I es contaminada, el Alto Consejo ordenará la destrucción inmediata. Está escrito. Son las Doce Leyes.

—Sí, conozco la cantinela, y las Doce Leyes —aseguró Sandra—. Por eso vine aquí hace tres años.

—Lo sé. Pretenden usar el festival del Math Combat Challenge, que ven millones de personas, para darse a conocer. Al parecer, varios miembros de un grupo fanático y radical que desea ver el fin de la Tierra y de la humanidad se han integrado en la estación espacial que acoge el campeonato, y han llegado a un acuerdo con una secta humana que pronostica el fin de la Tierra para 2156, es decir, ahora.

—¿Quiénes son?

—Se hacen llamar Hijos del Náströnd.

—Un nombre espectacular —comentó Sandra con sarcasmo.

—Sí, cuanto más sonoro, mejor, más parece que van a acertar con el fin del mundo. Solo que esta vez hay motivos para preocuparse. Algunos mundos de nivel II y III están cargados de odio hacia la humanidad. El Alto Consejo ha ordenado que la Tierra sea dejada de lado completamente, y ha informado de que su agente, Deblar, se encarga como siempre de monitorizar nuestro mundo. Pero esta facción ha pasado del odio a la acción. Y la mejor forma es durante el campeonato. —Sandra asintió lentamente y se cruzó de brazos. A Susan le encantaba el realismo de cada uno de sus gestos. Iba mucho más allá de cualquier duda razonable. Sandra al fin dijo:

—No puedo reprocharles el odio hacia la humanidad. La humanidad fue al fin y al cabo responsable de millones de muertes en toda la galaxia durante la guerra. Y algunas batallas y represiones fueron especialmente crueles. Y lo peor de todo: yo fui su líder.

—Tampoco te culpes, Sandra. Tú estabas a cargo del Mando Conjunto. Los hombres de campo eran el almirante Lee y el general Milwa. Tú hacías lo que pensabas era lo mejor para la humanidad. Ellos, y Richard, te manipularon.

—Eso no me tranquiliza. Continúa.

—Uno de esos fanáticos de los hijos del Náströnd incluso se ha inscrito como competidor. Competirá tanto en la modalidad de estadio como en la de la arena estelar con cazas. Ha exigido ser él personalmente el que anuncie el fin del mundo, transmitido por todas las cadenas, y con una audiencia de miles de millones de seres humanos.

—Eso es ego, y lo demás son tonterías.

—Así, es. Y no hay mucho más que decir, salvo lo ya comentado: su objetivo es que la humanidad conozca la presencia de vida en otros mundos. Y que eso acabe con nuestra civilización.

—Comprendo…

—Espero que sea así, Sandra, por nuestro bien, espero que entiendas las dimensiones de lo que se avecina.

—No tienes que hacerme entender nada, Susan. Yo estaba salvando este planeta hace ciento tres años. Y he perdido a seres muy queridos en el camino por este motivo.

—Lo sé. Lo siento.

—No pasa nada. Pero dime una cosa, Susan: ¿por qué no van simplemente a la Tierra, bajan en su platillo volante, y dicen “¡eh, humanos, hemos llegado!”? Saldrían en las noticias. Y la Tierra quedaría contaminada.

—Sí. Ya lo intentaron. Pero nadie se lo creyó. La gente quiere creer en extraterrestres, y los que creen ven marcianos en todas partes. Pero cuando aparece una prueba real por fin, entonces todo el mundo cree que es un bulo. La gente lo achaca a efectos especiales, problemas de grabación, o, simplemente, gente que miente o que ve lo que quiere ver. Podrían ir en naves enormes, pero Deblar lo impide, solo han conseguido entrar camuflados en algún transporte pequeño, y Deblar luego se ha encargado de que no volviese a ocurrir. La Math Combat Challenge es vista por gente de todo el sistema solar y en directo. Ahí montarán su gran espectáculo.

—¿Y cómo vamos a localizarlos? Si esos fanáticos tienen el apoyo de disidentes del Alto Consejo…

—Son varios fanáticos humanos los que están en la estación espacial, pero ese que va a competir es la clave. Es su líder. Creemos que sin el líder los demás no actuarán. Son demasiado esquemáticos para estas cosas. El problema es que no podemos descubrirles. Son humanos normales y corrientes, y están protegidos por esos disidentes del Alto Consejo.

—Genial. Yo aprendí su tecnología, Susan. Pero tengo unos límites. No puedo competir contra una civilización que nos lleva medio millón de años de adelanto.

—Lo sé. Efectivamente, su tecnología es infinitamente mejor que la nuestra. Pero tú estuviste con ellos durante la guerra, y aprendiste mucho de sus sistemas, de su forma de trabajar. De su carácter. Hay miles de personas en Titán. Pero el grupo de deportistas en la Math Combat Challenge es limitado. Y ahí está su líder, que además es humano. En consecuencia…

—En consecuencia… Vamos, Susan. No me digas que… —Sandra se temió lo peor.

—En consecuencia, te hemos inscrito ya como participante en la competición. Lucharás en la Math Combat Challenge. —La cara de sorpresa de Sandra no dejaba lugar a dudas: estaba fuera de sí.

—¿Qué? ¿Te has vuelto loca, Susan?

—Será la única forma de poder contactar con el resto de participantes directamente. Serás una más. Estaréis todos juntos en las salas, en el gimnasio, en los simuladores de combate espacial.

—Susan, yo no…

—Tú harás eso, y descubrirás quién es el líder de esa secta fanática. Le capturaremos, y le haremos hablar. Hablarás entonces con el Alto Consejo. A ti te escucharán. Al fin y al cabo, eres una celebridad en la galaxia.

—Ya, claro, y ahora grabo anuncios de colonias para la galaxia… ¿Ha probado ya la nueva esencia “Eau” de Alfa Centauri? Le enamorará… Vamos Susan no me fastidies, yo…

—Es lo que debemos hacer, Sandra. No hay alternativa. Por cierto, estarías genial presentando anuncios de colonias. Con esa planta…

—Muy graciosa. ¿Y tú te crees que tengo un teléfono especial para hablar con esos estúpidos bichos intergalácticos, y con su Alto Consejo? Me felicitaron hace tres años por lo que se supone hice por ellos, me pusieron una absurda medalla de ellos, me dieron una palmadita en la espalda, una coz en el culo, y me mandaron a la Tierra. Ah, y me lo dejaron muy claro: pórtate bien, Sandra. Se buen androide, Sandra. Cuida la Tierra, Sandra. Procura que no se contamine con información de nosotros, o tendremos que matarte a ti y a miles de millones de seres humanos inocentes en un bombardeo planetario que convierta la Tierra en una bola de fuego…

—Estás un poco alterada, cariño.

—Vete al infierno, Susan. Además, ni siquiera sé cómo contactar con Deblar.

Susan se levantó, y tras unos instantes, contestó:

—Lo entiendo. Pero no tenemos alternativa. Te ha tocado de nuevo. Por qué el destino te mete en estas cosas, no lo sé. Aunque yo siempre digo que cuando uno se complica con algo, es que buscaba ese algo.

—Lo dicho: eres muy graciosa.

—En cualquier caso, estás inscrita en el campeonato. Las competiciones comienzan en tres días. Estás en el equipo Delta, que está representado por la diosa Atenea, así que llevarás a Atenea en tu distintivo.

—Solo me faltaba eso —susurró Sandra—. ¿Algo más?

—Sí. Tendrás que seguir con el papel de mujer que ha sido engañada por una peligrosa banda de narcos. Ni siquiera a Martin deberás decirle nada. Y, por supuesto, tendrás que actuar correctamente en la competición. Eso implica eliminar todo lo que se te venga encima.

—Ya conozco las reglas.

—Bien. Quiero que sepas que he apostado por ti una buena cantidad. —Sandra se mantuvo en silencio un instante.

—¿Tú? ¿Has apostado por mí en esa salvajada que llaman deporte?

—Claro, cariño. En la vida, en el amor, y en los negocios, hay que apostar. Siempre. Unas veces se gana. Otras se pierde. Pero la emoción de apostar es permanente. Y eterna.


Nota: este texto está ambientado tres años después de los sucesos de “Las entrañas de Nidavellir”. Forma a su vez parte del guión del videojuego “Math Combat Challenge” y se publica por capítulos.

Versión en inglés en https://titandscompany.com.

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