Mensajero del Náströnd. Capítulo III

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Mensajero del Náströnd. Capítulo III.

La puerta del hotel se abrió. Martin apuntó. No hizo falta disparar. Era Sandra, que le miró indiferente, mientras conectaba la computadora de la habitación y examinaba algo. Tras unos segundos, Martin comentó:

—¿Qué tal la reunión con… esos “amigos”? —Sandra, sin volverse, respondió:

—Bien. Voy a trabajar para ellos.

—No puedes hacer eso, Sandra.

—¿No puedo? ¿Por qué no?

—Vas a tener que acabar con vidas humanas. Tu programación…

—Mi programación me ordena sopesar mis acciones en función del número de vidas humanas que salvo. Ayudar a esta mafia me permitirá conocer mejor su estructura, y eso me dará información para poder desmantelarla. El resultado neto son más vidas salvadas a largo plazo que las pérdidas a corto plazo. Las ecuaciones de ética de mi computadora lo consideran equilibrado. Lo que no sé qué voy a hacer es contigo. Yo estoy metida en esto, pero tú no eres más que un estorbo.

Portada mensajero del nastrond

—Sandra, yo… —Ella le interrumpió:

—Hay tres opciones: o sigues aquí escondido y armado, y esperando que nadie te vuele la cabeza, o vuelves a la Tierra en la primera nave esperando llegar vivo, o acabo contigo para evitar que puedas crearme más problemas, a mí y a Jan. Eso también es factible y equilibrado y puede salvar vidas. Esta última opción tiene la ventaja de que me muestra como un ser duro y frío frente a este grupo mafioso y al resto de grupos, y que soy capaz de cualquier cosa para conseguir mis propósitos, tal como me recordaste antes.  —Martin se mantuvo en silencio unos instantes. Luego comentó:

—Me hubiese gustado no presentarte la opción. Me siento como un pelele.

—Eres un hombre. Por lo tanto, que eres un pelele es una obviedad.

—Qué graciosa eres, Sandra. ¿Y qué han calculado como más factible las ecuaciones de tu computadora?

—Han calculado una cuarta opción.

—Ah, ¿sí? ¿Vas a arrojarme a la atmósfera de Titán, para que sirva de ejemplo, como en las películas de mafiosos?

—No. Voy a ser tu amiguita. —Martin enarcó las cejas.

—¿Mi… amiguita? —Sandra suspiró, y contestó:

—Sí. Estás comprometido completamente. Todas las mafias saben quién eres: un pato muerto. Un cadáver que aún respira esperando el tiro de gracia. Todas las mafias te tienen localizado. Te pueden volar la cabeza en un segundo, en cualquier instante, y en cualquier momento.

—Efectivamente, Sandra. Entonces…

—Vas a demostrar que no te preocupa asomar la cabeza por los pasillos y las salas del hotel, o en la estación espacial donde se celebra la Math Combat Challenge.

—¿Y por qué debería yo hacer eso? —Preguntó Martin con curiosidad. Sandra se lo aclaró rápidamente.

—Por dos razones. La primera: si haces eso, pensarán que estás loco, o que tienes un nivel de protección especial, o que tienes un padrino con un gran poder detrás que se ocupa de tu seguridad, hasta tal punto de que no temes nada ni a nadie. No estarán seguros de ninguna de esas opciones, creerán que todas son posibles, y pensarán que existe la posibilidad de que todo sea un farol. Pero no se arriesgarán. Al menos, no al principio. El hecho de que sigas vivo ya es una muestra de ese poder que pareces tener.

—Genial. ¿Y la segunda razón?

—La segunda razón es muy simple: si no haces lo que te digo, yo misma te volaré la cabeza.

—Comprendo.

—Además, estoy harta de las insinuaciones de los hombres que vienen aquí a ver la competición matemática, y han dejado a sus mujeres en sus casas. Entonces es cuando deciden echar una canita al aire, y yo soy por supuesto un objetivo prioritario. Que me vean contigo les frenará. Al menos, a algunos de ellos. Además, te inscribieron en el equipo Gamma, ¿no es así?

—Sí, pero eso era solo una tapadera, muchos abandonan…

—Tú no.

—¿Yo no?

—Tú no. ¿No te has lavado los oídos? Yo también estoy inscrita. En el equipo Delta. —Martin se extrañó ante aquella afirmación.

—¿Estás inscrita? Pero las listas estaban ya cerradas, y tú no estabas…

—Tengo amigos influyentes —aseguró Sandra.

—Ya veo. Tienen que ser muy influyentes.

—Lo son. Puedes estar seguro de eso.

—Y eso de que seas mi amiguita, ¿hasta qué punto va a ser realista? Pueden verificar mi nivel de testosterona y dopamina. ¿No habría que…? —Sandra miró a Martin con seriedad unos segundos, y contestó:

—No te hagas ilusiones ni por un instante.

—Yo lo decía… por el realismo. Si hay que sacrificarse por la misión…

—Lo dicho: los hombres sois unos peleles. Ahora vamos.

—¿A dónde?

—¿A dónde va a ser? A enseñar la cara por el salón principal. Puedes agarrarme de la cintura para darle más realismo. —Martin se acercó a ella y le pasó el brazo.

—He dicho por la cintura. Eso no es la cintura. O tendré que romperte el brazo.

—Si somos amantes tendremos que aparentarlo.

—Fuera sí. Pero sin pasarse.

Martin y Sandra salieron de la habitación sonrientes, y caminaron por el pasillo. Llegaron al salón del hotel, y se dirigieron a las taquillas del sistema de transportes de la Titán Deep Space Company.

—No sé qué diablos hacemos montando este circo —susurró Martin—. ¿De qué sirve este paseo?

—Calla la boca —ordenó Sandra—. Este paseo sirve para ir a comprar los billetes para la estación espacial.

—Ya tengo billete, desde hace días.

—Compramos otros billetes, con otros nombres. Además, me sirve para controlar a quienes nos estén controlando, sean personas, drones, cámaras, o sistemas de seguimiento centrales. Ahora, vamos a la taquilla, y compra el billete como si fueses el típico idiota que va con su amante al campeonato.

Ambos se acercaron a la señorita encargada del sistema de emisión de billetes. Martin la miró sonriente, y le dijo:

—Quisiera dos billetes para lo del torneo en la estación espacial, por favor.

—Por supuesto señor, aquí tienen ustedes las máquinas expendedoras de billetes. Solo tienen que colocar su brazo con el chip integrado de identificación de la G.S.A., y el sistema les emitirá el billete y les descontará el importe. Elijan primero el tipo de asiento que desean en el transporte a la estación espacial.

—¿Tiene de esos…? Ya sabe… —Sugirió Martin.

—¿Se refiere usted a asientos anatómicos personales con protección sonora? Perfectos para esos momentos íntimos, cuando usted no quiere que se le moleste por ningún motivo.

—Cariño, ¿crees que hace falta eso, mi amor? —Repuso Sandra. Martin respondió.

—Claro, cielito, todo para mi reinita…

—Qué bueno eres, mi rey —sentenció Sandra mientras le pisaba el pie, y él aguantaba el dolor como podía. La señorita miró el panel de datos, y comentó:

—Pues tienen suerte. Nos queda una plaza doble. Solo son un poco más caros. Una cúpula de grafeno otorga total intimidad, para que puedan descansar sin molestias.  Las ventajas son evidentes. —Martin miró a Sandra, y le dijo sonriente:

—Claro que son evidentes, ¿verdad cariñito? —mientras le daba un pellizco en el trasero.

—Ay, qué tonto eres —le respondió Sandra sonriente mientras le tomaba la mano, y le suministraba una pequeña descarga eléctrica. Martin dio un pequeño salto conmocionado, y se puso a reír diciendo:

—Cariño, ya siento cómo fluye la energía entre nosotros, qué buena eres. —La señorita sonrió, y dijo:

—Se les ve muy enamorados, felicidades. Espero que disfruten del vuelo. Y del campeonato.

Sandra y Martin caminaron sonrientes desde la zona de billetes a un bar cercano. En realidad, Sandra llevaba a Martin, arrastrándolo prácticamente hasta una mesa. Se sentaron, y Martin preguntó:

—¿Qué pasa ahora? ¿No has tenido suficiente pisándome y electrocutándome?

—Si no pusieras la manita donde no debes no te pasarían estas cosas.

—Pero Sandra, es por la misión.

—Claro, faltaría más. Ponerme la mano en el culo debe ser duro para ti. Escucha, deja de desvariar y atiende. Nos están vigilando.

—Lo sé. Dos individuos. En la planta superior. Una mujer. Y un hombre. La mujer blusa azul. Pantalón negro. Pelirroja. Unos cuarenta años. Hombre de chaqueta gris. Corbata oscura. Pantalón gris. Pelo gris. Unos cincuenta años. —Sandra asintió levemente.

—Confirmado. No puedo identificarlos. No están conectados con la red global de la G.S.A. Me voy al baño —anunció Sandra.

—¿Al baño? ¿Tú vas al baño?

—Por supuesto. Voy a cambiarme las pilas. Ahora vuelvo.

—Entiendo… —Era evidente que Sandra estaba pensando en algo. Y sería mejor que esta vez no explotara nada más. O no quedaría mucho del hotel. Ni de ellos.

Sandra se fue caminando, y entró al baño de señoras. Se acercó a un grifo, que empezó a expulsar agua. Se lavó la cara y las manos durante unos instantes. Al cabo de un par de minutos, entró aquella mujer de mediana edad. Se dirigió a Sandra, y le interpeló:

—Tienes que estar muy segura de ti misma para entrar aquí sola. Especialmente sabiendo que te vigilan.

—Siempre fui una chica muy aventurera y atrevida —aclaró Sandra, sin dejar de mirar al espejo. Aquella mujer extrajo un arma. Sandra la miró de reojo.

—Vaya, veo que te gustan las antigüedades.

—Mucho. Especialmente porque no son detectadas por los sistemas de vigilancia y control de la G.S.A.

—En Marte sí lo son —aclaró Sandra—. Desde que mataron a alguien importante hace tres años.

—No estamos en Marte. Y este revólver del calibre 38 te hará un bonito agujero en la cabeza. Pero no es nada personal.

—No me matarás sin pedirme algo primero. Vosotros no perdéis el tiempo en tonterías. Cada muerte tiene una finalidad. ¿Me equivoco? —Aquella mujer asintió.

—No. No te equivocas. En general. Pero ahora sí. Yo no pertenezco a alguna estúpida banda rival mafiosa. Vengo en nombre de Richard. Mis órdenes son averiguar por qué has venido a Titán.

—Eso es completamente falso —aclaró Sandra—. Richard nunca trabaja con androides. Y mucho menos en tareas críticas y de vital importancia, como un asesinato selectivo.

—Así que sabes que soy un androide.

—Modelo QCS-150 o 160 probablemente —intuyó Sandra—. Y tú sabes que yo también soy un androide. Y que soy inmune a las balas de un arma de proyectiles como la que portas.

—Perfecto. Eso es lo que necesitaba saber. Efectivamente, soy un modelo QCS-160 de búsqueda y eliminación. Tengo órdenes de destruirte. Pero debía confirmar el objetivo primero.

—Por supuesto. Un error en un asesinato selectivo se paga caro. Ahora ya has confirmado mi identidad. Y supongo que no me vas a decir para quién trabajas en realidad. Pero puedo imaginarlo. En todo caso, puedes proceder a destruirme.

—Lo haré encantada.

Aquel androide extrajo un phaser y disparó, pero Sandra ya se había apartado del punto de impacto. Se lanzó sobre el modelo QCS-160, y aquel androide introdujo una nanosonda invasiva en el cuerpo de Sandra. La nanosonda solo tenía una función: alcanzar el nodo principal de Sandra, y destruirlo, inyectando un virus cuántico que provocaba un masivo colapso de la información almacenada en la computadora central. Eso destruiría completamente el sistema de lógica difusa, y la haría colapsar, destruyéndola irremediablemente.

Sandra notaba cómo la nanosonda se deslizaba por el interior de su cuerpo, intentando penetrar en su computadora. Pero solo intentarlo sería su muerte segura. Su computadora había sido sellada ciento seis años atrás, por motivos que no podía comprender del todo, pero que, en todo caso, estaban relacionados con la Operación Fólkvangr y con aquel extraño personaje, Scott. Tenía que destruir la nanosonda, pero tenía primero que deshacerse de aquel androide modelo QCS-160, que ya la amenazaba con un taladro de grafeno.

En otras circunstancias, no hubiese sido difícil. Pero aquel androide estaba mejorado. Sandra había introducido su propia nanosonda en aquel androide. Y su lógica principal era demasiado sofisticada. Parte de sus sistemas eran conocidos, pero otra parte eran de una tecnología extremadamente avanzada. Y ella había visto aquella tecnología antes. Pero no en el sistema solar. Sino en la nave donde se refugió Yvette tres años atrás con Robert: la DSS Alice. ¿Cómo había llegado esa tecnología hasta aquel androide? La respuesta era evidente. Aquel androide no era cómplice de Richard. Ni pertenecía a ninguna mafia, como era de esperar. Solo quedaba una respuesta posible.

Entretanto, aquella era una situación de empate. Ella misma disponía de mejoras basadas en la computadora de la DSS Alice. Tecnología de otros mundos, extremadamente sofisticada. Podía comprenderla. Pero no combatirla con eficacia.

De pronto, se oyó un ruido seco que vino del fondo del cuarto de baño. Al instante, aquel androide modelo QCS-160 cayó con la cabeza abierta. Sandra miró, y vio a Martin, que acababa de disparar su phaser a plena potencia. En ese momento entró el hombre de pelo blanco con un arma en la mano. Iba a disparar, pero Sandra extrajo el phaser de su brazo, y lo abatió al instante. El hombre sí era orgánico. Pero era uno de esos seres cultivados, y controlados por una inteligencia artificial.

Sandra miró el cuerpo caído del hombre. Luego miró a Martin, y le espetó:

—¿Cómo se te ocurre entrar en el lavabo de señoras?

—Siempre he sido un voyeur. —Martin se acercó al androide. La examinó con un instrumento de mano, y comentó:

—Un androide. Modelo QCS-160. Pero con mejoras que el sistema no puede identificar.

—Sí —confirmó Sandra—. Ese androide es ciertamente una caja de sorpresas. Afortunadamente la nanosonda que me introdujo era tremendamente sofisticada, pero tu oportuna intervención librándome de ella me permitió controlarla a tiempo.

—Vaya, vaya, ¿detecto un lejano amago de agradecimiento en tu voz?

—Sí, pero no te entusiasmes demasiado.

—No pienso hacerlo. Sandra, este androide es muy sofisticado, incluso para la mafia más poderosa que podamos encontrar aquí. Estos modelos solo los usan agencias gubernamentales como la G.S.A. y solo en situaciones críticas. Pero el número de identificación de este androide está borrado, luego fue robado y manipulado por alguien. Y ese nivel de manipulación está por encima de las capacidades de cualquier mafia de apuestas.

—No lo creas —negó Sandra—. Se han organizado mucho.

—¿Me tomas por estúpido? Puede que me descubrieran el primer día, y puede que sea un pelele. Pero tengo cerebro, aunque te pueda parecer increíble. ¿Vas a contarme lo que está pasando de verdad? Esa reunión con aquella mafia, en una estación abandonada… Ese no es el estilo de la mafia.

—¿Cuándo se te ha ocurrido esa tontería?

—Al medio segundo de que me dijeras la ubicación. Las mafias no actúan así. No montan salas de reuniones en medio de la nada. Usan las instalaciones más importantes del hotel, las suites más impresionantes, los escenarios más sofisticados. Forma parte de su estilo de trabajo, intentando impresionar siempre. Una base abandonada en medio de la superficie de Titán… Absurdo. Y no organizan reuniones. No se dejan ver físicamente nunca. Solo sus títeres son visibles. Y nunca mandan una nota de aviso que puede ser detectada; el aviso siempre es por voz, y con un intermediario que luego suele ser sacrificado. Y este androide está muy fuera de su alcance, mucho más la manipulación que ha sufrido. Así que no me vengas con historias, Sandra. Porque no me creo nada.

—Estás delirando, Martin. —Él se acercó lentamente mirándola con rostro serio, y dijo:

—Si voy a poner mi vida en riesgo, como llevo haciendo desde que llegué aquí, y si voy a ser tu socio en esta operación, tendrás que contarme la verdad.

—No puedo. Tendría que matarte.

—Entonces hazlo. Porque, en una misión de este nivel, ir ciego es el seguro para morir pronto. Mejor ahora que luego. No voy a permitirme que mi propia compañera en esta investigación me oculte cosas. Yo trabajo en equipo. Y equipo significa confianza.

—Yo no puedo confiar en ti, Martin. No hasta ese punto. Acabo de conocerte. Podrías ser un agente doble.

—¿Agente doble? Eso tampoco suena a mafias. Más bien a algún tipo de organización más compleja. Y capacitada para disponer de androides sofisticados, como ese que está en el suelo, y borrar su número de identificación. Por no hablar de unas modificaciones que nunca había visto. —Sandra suspiró. Miró a Martin, que la miraba con frialdad. Y, finalmente, dijo:

—Está bien. Tú ganas. Voy a confiar en ti. Necesito apoyo en esto. Y espero no equivocarme.

—Eso está mejor, Sandra. —Ella negó con la cabeza.

—No. No está mejor. No comprendes. Lo que te voy a contar significa que no podrás volver a la Tierra.

—¿Qué idea estúpida es esa?

—No podrás volver. El conocimiento de lo que aquí está ocurriendo implica que ningún ser humano que lo adquiera puede volver a la Tierra. ¿Estás dispuesto a eso?

—No tengo familia en la Tierra ni en ningún lado. Pero sigo sin creer esa tontería que estás diciendo.

—Ya. Claro. Mira, Martin. Hace tres años la Tierra, en realidad, toda la humanidad, estuvo a punto de morir, sacrificada en un bombardeo planetario masivo para extinguir toda la vida del planeta. Y, lo que te voy a contar, mal usado, podría provocar de nuevo esa situación.

—¿Estás loca, Sandra? ¿Has bebido demasiado? ¿O tienes algún cortocircuito en la cabeza?

—No, Martin. Lo que tengo aquí, lo que tenemos entre manos, no es un juego de mafiosos. Es el destino de la humanidad. Y, en estos momentos, solo tú y yo podemos detener esto. No podemos contar con nadie más. Que lo sepas tú ya es excesivo. Tenemos que hacer esto solos. Sin ayuda, ni de Jan, ni de ningún otro. ¿Comprendes?

—¿Vamos a salvar la Tierra, Sandra? ¿Quieres que me crea esa tontería en serio? ¿Es eso lo que me estás diciendo?

—No. Lo que te estoy diciendo es que la Tierra ya está condenada. Lo está desde que en el siglo XX se entendió que el final era inevitable. Lo que estamos haciendo aquí, Martin, es, simple y llanamente, retrasar esa condena.

—Voy a llamar al psiquiatra. Te está haciendo falta, Sandra.

—Lo sé, Martin. Lo sé. Me está haciendo mucha falta…

Nota: este texto está ambientado tres años después de los sucesos de “Las entrañas de Nidavellir”. Forma a su vez parte del guión del videojuego “Math Combat Challenge” y se publica por capítulos.

Versión en inglés en https://titandscompany.com.

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